El escritor de sueños escribe en un cuarto sin ventanas, sin puertas, sin nada. Escribe sin parar, usando cada punzada de su dedo hacia la maquinilla para librarse del río incansable de imágenes corriendo por su cabeza. Su cara es pálida por falta de Sol, y su pelo crece largo como la ceda, mezclándose con las sombras de sus alrededores oscuros. Se come las uñas cuando tiene oportunidad de hacerlo, manía aprendida mucho más por necesidad que por costumbre. El papel infinito se desenrolla cada vez más, lleno de tinta que nunca se acaba, creando un papeleo que se desplaza por encima de su escritorio con cada cantazo de su maquinilla, hasta desaparecer al llegar más lejos de lo que la flama de su quinqué puede alumbrar.
No tiene inspiración sino la página blanca que debe ser llenada de ideas, a veces tan incomprensibles que se hace difícil escribirlas en palabras concretas. No ve la diferencia entre las pesadillas y los buenos sueños, los piratas y los cuentos de hadas, las violaciones y los asesinatos. En realidad no hay ninguna prueba de que él comprende lo que escribe, ya que no tiene tiempo para reflexionar sobre su interminable obra de arte. Tampoco se sabe como llegó a este estado, si hubo alguno antes de él lo escogió como su reemplazo o si él en algún momento fue humano, tuvo sentimientos, sintió calor. La pregunta más culminante, sin embargo, es que pasaría si parara de escribir. ¿Podría controlar de otra manera su insaciable imaginación? Qué pasaría con la humanidad si no hubiesen sueños que inspiraran o pesadillas que espantaran? Nunca sabremos la contestación: existe en un sitio donde nadie lo puede visitar. Fuera de espacio, el escritor no se preocupa en nada excepto en escribir la próxima tecla.
Y así pasa el tiempo que el escritor no puede contar, obligado por su condición a seguir escribiendo los sueños y pesadillas que tú erróneamente atribuyes a tu imaginación. No se pregunta porqué esta aquí ni cual es su razón de existir. No se entretiene ni se detiene para descansar. No piensa si en realidad existe ó no. Solo sigue su trabajo, sin ninguna consciencia exceptuando la desesperación y la esperanza efímera del desahogo. Sigue escribiendo hasta el día de hoy, un proceso que está destinado a repetir hasta el fin de la existencia humana, y quién sabe si aun mas allá.