La primera vez que la conocí llevaba un badtrip feminista encima. No como la tercera vez, donde me enseñaría todos sus feminismos genuinos ingenuos, sino menos dulce, más débil y ciertamente sin ninguna semejanza a la verdad. Desde el auto-parlante le gritaba a todo hombre que pasara por su plataforma improvisada. En cierto sentido fluía como una revolucionaria pasada de moda y su ropa no decía lo contrario. Jugando el papel de Malcolm X rechazó mi ayuda blanca/macha con una respuesta de dos sílabas a la pregunta de qué podía hacer yo por su causa: "nada". Irónicamente, me sentí como un nene en ese momento, que se ofreció sin consciencia de lo que hacía y fue rechazado antes de poder re-subir esa guarda que tanto tiempo llevaba arriba. Había algo que me intrigaba de ella, aún cuando designé su rechazo como una razón para tacharla de mi lista de gente que valía la pena. Subconscientemente seguía pensando en ella y la manera en que no tenía miedo a ser ficticia. No me di cuenta de cuanto ese encuentro había cuajado en mí hasta la segunda vez que la conocí. El niño en mí se sentó en una esquina a esperar.
Ciertamente, no se acordaba de mí ni del sí sin fin de ese niño que todavía la esperaba. En una fiesta cotidiana compartimos palabras sin significado entre vasos de aire. En algún momento dado de la noche mi pon puso las llaves en el mostrador y siguió andando hacia un cuarto indiscreto con el apoyo del público invisible en la oscuridad del sitio. No me quedó más remedio que irme en un viaje astral (ayudado por varias substancias innombrables) con la ahora nombrada Ana, que de alguna manera me llevó a mi casa.
Ya detestaba sus actitudes y su pseudo sinceridad, diciendo verdades innecesariamente grandes para esconder las mentiras pequeñas que se colaban en la profundidad. "No le digo esto a todo el mundo, pero bla bla bla blah"... ya dejaba de escuchar. Mi ilusión infantil había sido reemplazada por una mezcla de malos sentimientos, todos alborotándose con el rugir de su voz. Pensándolo ahora quizás fue un error dejarla dormir en mi sofá pero fue la manera más rápida de que se callara. Al amanecer no estaba ella ni su bicicleta rara (como llegamos a mi casa anyway?) y no la vi más por casi un año.
La tercera vez que la conocí ya me conocía de la segunda, pero nunca se acordó de la primera, o si lo hizo no me dio la cortesía de hacérmelo saber. Esta vez fue diferente, estábamos en una librería y andaba con su cara de feminista revolucionaria montada. Yo estaba preparado mentalmente para dar media vuelta y largarme cuando un amigo mutuo me llamó desde detrás de un monte de libros de auto-ayuda. Me saludó ligeramente con su mano izquierda mientras la derecha halaba la mano de nuestra ya tan conocida actriz estelar de mis pesadillas. "Quiero presentarte a Ana Macana", me dijo con mucho entusiasmo. Abrí los ojos con asombro al darme cuenta que ella reconocía que nos habíamos visto antes. Nuestro amigo discreto nos invitó a una taza de café a la cual no me pude negar. Después de un rato el hombre se disculpó y se fue sin darme tiempo a disculparme detrás de él y me dejó con un mayor dolor de lo que dignaba nuestra amistad. Yo y Ana Macana estuvimos sentados por lo que parecía ser una eternidad con el valle de la mesa entre nosotros. El terror a lo torpe me dejaba sin manera de levantarme ni tampoco con formas de surgir una conversación. Sus gafas negras penetraban en mí sin saber si me estaba mirando o no. Me metí en el primer libro que encontré mientras ella terminaba su café y con suerte se largaba de allí. Pero al pasar del tiempo indefinido la escuché llorando y paré de fingir leer. Su cara cambió y de alguna forma sentí algo genuino por primera vez salir de ella. Le toqué el brazo pero se levantó y salió corriendo por la puerta hacia la noche lluviosa que había llegado mientras consentíamos en la cafeína.
Sentí en mi corazón dejar un billete de veinte y salir corriendo detrás de ella en busca de respuestas, inverosímil a lo que había tratado de lograr hacía apenas unos minutos atrás. Corriendo tras ella en calles que no conocía me sentí raramente vivo. La lluvia caía en mí como por primera vez y el niño aquél salía a pasear otra vez. Al encontrarla, traté de hablarle pero la fatiga me venció y me besó. Una vez más sentí la incomodidad caer sobre mí como cuando la escuché la primera vez, un rechazo imperfecto que invitaba a más de lo que se decía. Me gustaría pensar que por ese momento supe quién realmente ella era, que no había paredes entre ella y yo, y que quizás aún hasta me reconcilié con ese niño que ya solo veía en retratos viejos. El beso pareció durar aún más que aquella ciega mirada de las gafas oscuras, pero paró en algún momento como para todo eventualmente. Ella salió corriendo otra vez a la lluvia y yo me quedé allí inmóvil hasta el amanecer.
La cuarta vez que la vi fue casi inconsecuente. Cruzando la calle apenas nos saludamos. Yo entendí, aún antes de encontrármela que las leyes de las mentiras de la vida que nos gobierna a ambos no iban a permitir que ninguno de los dos hicieramos referente a lo que había pasado esa noche. Por un momento, la conocí. Antes y después, nada.
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